17 de abril de 2007

Todo debe continuar

Amalia Oliveira.

Amalia no debía de tener aún veinte años cuando la vi llorar en la butaca del cine aquella noche de Abril. Lo recuerdo todo con una claridad infinita pues aquel día mi vida dejó de ser mediocre.
Aquella chica desconocida me había abrumado de tal manera que decidí esperar a la salida para observarla. Fue la última en salir, parecía perdida bajo las luces del séptimo arte. Mientras caminaba a pasitos cortos buscaba alguna cosa dentro de un bolso enorme color vino, sacó su estuche y empezó a liar un cigarrillo mientras arrastraba un pañuelo de colores y sostenía la chaqueta con el mismo brazo que enroscaba el tabaco. ¡Que habilidad!, me dejó asombrado. No podía evitar mirarla con descaro y ella ni tan solo me había visto. Encendió su cigarrillo y se sentó en una baranda de hierro, frente de mí. Para sostenerse mientras el humo iba y venía de su boquita sus pies se agarraban con fuerza al bordillo.
La gente se fue marchando de la entrada y quedamos solos. Ella estaba reflexiva , supe después que había quedado muy trastornada con el film y se había tomado unos minutos para acabar de digerir la obra.

Aun no me lo explico pero el caso es que me acerqué a ella y le pregunté por su nombre.
Clavó su mirada en mí y dijo:
–Amalia Oliveira, encantada. Y mientras acercaba su mano hacia mí a modo de saludo añadió:- ¿Usted?
-Ernesto Candel. Todo un placer.
Amalia empezó a reír descontroladamente. – ¡Que formalidades!
Me senté a su lado izquierdo de la baranda y ella me ofreció fumar. Lo intenté y me puse a toser, lo encontró gracioso y volvió a reírse con aquella risa suya de pajarillo libre. La conversación fluyó rápidamente, mi afición al cine antiguo por fin tenía sus frutos. Amalia quedó impresionada con mis conocimientos y quedamos en encontrarnos la semana siguiente en el pase de un film de Rosellini.
Amalia no apareció en nuestra cita acordada pero la volví a ver días después en aquella misma sala. Ni siquiera se disculpó y yo decidí no darle importancia.
-Tendrá muchas cosas que hacer. Pensé para mí.
Aquel cine se convirtió en un templo, pasaba más horas allí que en cualquier otra parte y aun cuando las luces se apagaban miraba unos minutos hacia la cortina por si la veía aparecer arrastrando su pañuelo de colores. Después de muchas charlas a pie de calle un día le pregunté a que se dedicaba.
-Trabajo en una cafetería.- respondió orgullosa de su quehacer. –cuando tengo tiempo procuro ir sacándome la carrera, letras, ya sabes.
-Entiendo- respondí contento al saber que estudiaba letras.
Volvimos a quedar, esta vez me apuntó la dirección de la cafetería donde trabajaba y prometí ir a verla ‘un día de estos’.

(...)

Hay relatos que los empiezas y cobran vida.
Hay trozos que mientras suceden parecen relatos.
¿Dónde ponemos el límite?

Todo debe de continuar.

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