22 de abril de 2007

Paisaje de escritor con pájaro

(...)
Ahora, sentado frente la ventana del café del que desconoce el nombre, repasa una y otra vez las posibles hipótesis que llevaron al pájaro muerto a volver a su jaula cristalina.
Quizás la señora sufre senilidad y sabiendo que iba a añorar a su pajarillo decide en un acto de locura desenterrarlo y dejarlo muerto en su jaula; eso no le da sentido a que la señora denuncie el caso y limita la historia al dejar fuera de actuación a los jóvenes canallas. Se le ocurre también un desenlace digno de las peores de las literaturas fantásticas, el cuerpo es en realidad el alma del pájaro que ha vuelto para poblar la soledad de la viejecita. Evidentemente, no le sirve. Tal vez sea motivo de un acto satánico o sectario. Podría ser que la mujer lo hubiera soñado todo o lo hubiera imaginado. ¿El pájaro es en realidad el de la señora u otro diferente?

No consigue ni una línea para su cuento. Sale del café y antes de emprender rumbo desconocido se detiene a mirar el nombre de la cafetería, ahora ya está más tranquilo. Emprende el paseo en dirección contraria a la de su apartamento buscando entre los secretos urbanos una pista, una inspiración para calmar su terrible agonía.
Vuelve destrozado a su hogar, se acuesta y sueña con pájaros, le pían en las orejas y le leen todos a la vez distintos fragmentos de impecables obras literarias. El canario lee a Cervantes, el halcón a Joyce y la gaviota recita la divina comedia.
Se despierta sudoroso y atormentado, no hay nada que hacer. Tal vez se equivocó, hace ya muchos años, al pensar que su oficio era el de escritor, es posible que no tenga la capacidad de fijarse en los detalles o no ha aprendido a dejar de vivir para poetizar. Los detalles de la existencia, justamente, ¡de eso se trata! De modo que la historia ya está resuelta, el cuento es justamente la narración de la imposibilidad del escritor por solucionar el conflicto. La idea es la no idea. Se pone a redactar a sabiendas que el editor lo desaprobará. Que manera tan suspicaz de librarse del trabajo de la deducción, le dirá Pablo mirándole por encima de sus gafitas redondas. Pero él sonríe feliz y redacta lo que desde el inicio, aunque no le hubiera prestado atención, ya era un cuento.

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