12 de enero de 2008

la vida prendida de una lámina de Chagall


No hablé, no dije absolutamente nada, el cheque me lo dio una enfermera rubia y siliconada que me guiñó el ojo a modo de complicidad. No supe sonreír. Puse el sobre en mi bolsillo y fuimos los tres a desayunar. Acariciaba el cheque arropado en el interior de mi chaqueta de pana marrón, me sentía mal por los trocitos de vida que dejaba en aquel hospital. Durante el desayuno más frío, tan frío, mis dos buenos amigos hablaron de temas variados con la ayuda del periódico y la actualidad. El cheque estuvo colgado con celo de la única lámina que decoraba mi salón, un Chagall. No sé en que momento fue, pero lo cobré. Y pagué mis deudas. Y llené mi nevera. Y acabé de completar el pago de la universidad. Pero con aquel dinero no hice nada más, no me permití ni un lujo, ni una cena ,ni una botella de vino. Nada. (...)

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