12 de diciembre de 2007

"Trabajar a mano, con letra insegura, trabajar a máquina, con espacios en blanco, con huecos dentro de las palabras, y fabricar algo, construir día a día un absurdo de prosa y miedo, todo el sinsentido de la vocación, del oficio, qué afán de escribirlo todo, manuscribir el mundo, mecanografiar la vida, encenagar de palabras la celulosa (...)"

Francisco Umbral: Retrato de un joven malvado.


Hace seis meses, medio año exactamente. Decidí por aquellos días permanecer un verano entero en esta serena ciudad que es Barcelona cuando el calor aprieta. Todo parecía más lento, más sobrio, más profundo. Trabajaba y convivía con mi soledad como con el mar al que "no temes, pero respetas". Decidí por aquel entonces muchas cosas, porque lo que más ansío yo en mi camino es adornarlo, darle forma y , por lo tanto, hacer planes y redactar mi futuro.

Mi verano debía ser productivo; literario y tranquilo. Los primeros días, al salir del museo me dirigía hacia mi apartamento dando un largo paseo por las calles de mi barrio llenas de famílias que pasean con helados y turistas que trajinan con mapas o maletas. Algún día me paraba a tomar café por el camino y otros muchos iba directamente a mi hogar. Una vez en él, bajaba torpemente las persianas del salón, buscaba la luz precisa -esa que se esconde entre el filo del espacio entre madera y madera- y por fin, me decidía a escribir.

Escribir, mi pasión más real y más sincera. Y, sin embargo, que ardua tarea. Después de pasar el día entero elaborando mentalmente mis textos en horas de trabajo, al llegar a mi rincón literario, una vez más las palabras se escapaban corriendo, huían de mí. No puede ser, no puede ser. Elaboré miles de historias y hasta empecé a escribir una novela -todo dentro de mi imaginario, por supuesto-. Conté mil veces la historia del escritor mudo que huye de su país para encontrar su verdadero arte lejos, en un lugar donde no le entiendan, allí donde se vea expresamente obligado a comunicarse con el mundo únicamente a través de su escritura. ¡Qué gran metáfora!, tal vez ese escritor no era nadie más que yo, que entre cantos de pájaro me había vuelto muda, sorda y lo peor: manca. Sin manos, sin dedos, sin escritura.

Producción cero, imaginación 100. Mis historias iban creciendo día a día, mis personajes tomaban forma, cuerpo, alma. Todo crecía. Como tenía tanto por elaborar no tenía tiempo de pasar por mi casa a mecanografiar, mi escritura se encontraba en los bares, en las cañas, en las charlas con mis camaradas. Narraba por doquier y todos quedaban encantados. Poco a poco me di cuenta que con el tiempo mis historias perdían fuerza en mi memoria, a fuerza de no hablar de ellas -la gente empezaba a estar un poco harta en mi trabajo- perdían fuerza, forma y alma. Qué desgracia. Era como amputar-me más partes de mi cuerpo, la cabeza no por favor, ¡la cabeza no!. Bastante había tenido con la desgracia de mis manos. En plena desesperación, acerté a limpiar mi rostro con agua fría, para reaccionar; allí, enfrente del espejo, a la vez que frotaba mis ojos caí en la cuenta de que mis manos no habían desaparecido; estaban allí, frotando mis ojos, los ojos con los que poetizaba mi realidad. No podía ser, todo el verano sin escribir pensando que era mana y de pronto me doy cuenta que esos lindos trocitos de carne alargados con uñitas y huesecitos seguían allí, en el lugar de siempre. Dispuesta a escribir el mundo entero me recogí las mangas de mi camisa y me puse manos a la obra. Enfrente de mi escritorio de escritora, un calendario. 14 de Octubre, se había acabado el verano. ¡Todo en vano!, mi refugio febril de calor y paz veraniega de pronto se había fundido ante la imagen de un arrugado calendario promocional. Miré por la ventana y vi que los niños ya no comían helados sino que cargaban grandes mochilas repletas de libros. Será posible, en que habré estado metida todo este tiempo -me dije para mí-.

Cuando la furia por el tiempo perdido pasó reparé en que, tal vez, la vida no se puede narrar hasta que no pasa y que el ejercicio pasaba también por perder historias y ganar vida. Los jóvenes que escriben suelen ser malvados. Yo tal vez soy interesado, vivo para tener recuerdos, y recuerdo para ir escribiendo memorias. ¿Ridículo? No del todo, es un ejercicio muy digno para tratar de vencer a la muerte.


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